20060210

Bracero por la Fe

En el pueblo de mi madre la luna le habla a mi tia evangelica y los muertos suenan el dinero para que los vivos lo desentierren. Pues dicen que sin el consentimiento del muerto, del oro sólo cenizas quedan al sacarlo. En aquel pueblito de trescientas personas y varios fantasmas, me cuenta mi madre que se apareció la virgen, lueguito de los cristeros

La Cueva, lar de mi ascendencia materna, es un caserío del bajío que reposa al pie de una peña de 25 metros. Dicen que a la sombra de aquella roca La Virgen le habló a Matilde. Él era un campesino duro, de pocas palabras y menos cariños, con una huerta y una prole diversa. Matilde caminaba malhumorado, besaba malhumorado y soñaba malhumorado; parece que el haber sido bautizado con el nombre de una mujer no le favorecía a la bonhomía. Así que aquel día caminaba con el usual humor, pasaba bajo la peña cuando la virgen extendió las constelaciones de su manto y las dejó que revolotearan a su lado. Levitó a unos centímetros del suelo, las alitas tricolores del angelito rozaban el suelo y levantaban una polvareda. La virgen batió su resplandor dorado, zapateó con sus tacones de plata sobre el ombligo de la luna sobre el cual se yergue. Asumía que su presencia había sido notada así que exclamó:

- Maxicmatti, ma huel yuh ye in moyollo, noxocoyouh, canehuatl in nicenquizcacemicacichpochtli Santa Maria, in inantzin in huel Nelly teotl Dios, In ipalnemohuani, in teyocoyani, in tloque nahuaque, in ilhuicahua, in tlalticpaque. Hual nicnequi, cenca niquelehuiz inic nican nechquechilizque noteocaltzin.

La virgen esperó una respuesta mientras se abrigaba en su gloria. En aquella ocasión vestía de manera ecléctica, como dictaba el último grito de la moda en el cielo, ya que llevaba una corona barroca de oro y en su mano izquierda empuñaba el espejo de Oxum, arma con la cual la Orixá de la belleza deslumbraba a sus enemigos. Al no recibir respuesta y ver que Matilde seguía de largo, repitió sus palabras, esta vez en español:

- Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada.

Matilde ignoró aquellas palabras, siguió empecinado el camino hacia su casa, no reparó en aquella presencia pese al espejo, la corona, su resplandor o todas las constelaciones. El miraba el suelo mientras masticaba malhumorado. Sólo tenía cabeza para añorar los frijoles con la sazón de Consuelo, su mujer. Además, una afección infantil le había dañado el oído izquierdo, lado donde justamente se había manifestado la divinidad.

Aquel desdén contrarió a la virgen, antes de ondear su aura aún más rápido y con mayor brillo, dio un chiflido celestial con el cual un coro de angelitos se manifestó con un estruendoso "Aleluya". Al mismo tiempo el angelito-tameme, aquel que sostiene a la virgen, sopló un cuerno para unirse al concierto con un tono grave.

Ante tal despliegue, Matilde dejó de saborearse los guisos de su esposa y cayó de rodillas balbuceando dos o tres rezos.

- Matilde, el más pequeño de mis hijos, es mi voluntad que en esta peña me construyas una capilla. - Dijo ella ahorrando pomposidad.
- Si mi madrecita.
- Quiero decirte, hijo mío, que no será fácil pues ésta será un abrigo para los dolientes, pues la tendrás que construir con muchos dolores.
- No te preocupes madrecita, yo te la construiré.

Dicho esto, la virgen mandó retirar el coro, que se desperdigó por todos los niveles del cielo llevándose su canto sin prisa. Ella dobló su aura, enganchó sus constelaciones en ella e intensificó su brillo para entrar en él y fundirse en la luz. Aquella era la visión de una aurora boreal implosionando. La virgen salió apresurada, pues ya iba retrasada a su siguiente aparición, tenía dos más en su agenda para aquel día.

Matilde corrió al pueblo para avisar al párroco. Pero primero se detuvo en su casa, pues ya tenía el hambre posterior a la jornada de trabajo. Encontró a Consuelo en aquella cocina de piedra, ahumandose frente a la estufa de leña. Sin rodeos le soltó una frase sencilla:

- Vieja, se me apareció la virgen, quiere que me vaya pa´al norte.

Por su sordera, y por el español con acento indígena que habla la virgen, Matilde entendió dólares por dolores. Asumía que la virgen quería una capilla construida con todo el lujo que el Dolar puede comprar. Consuelo se arregló el rebozo negro que la cubría casi totalmente y siguió amasando tortillas. Nunca tenía muchas palabras.

Esa noche el párroco cenó con ellos un atole de chocolate con pan dulce de Juliana, la panadera del pueblo. Matilde ya hacia planes con el dinero prestado por el padre, el que a su vez calculaba tasas de interés e imaginaba que la luz de aquella capilla haría notar la devoción del pueblo por toda la región. “Tal vez hasta Querétaro”, imaginaba el sacerdote. Después podría haber hasta milagros, y quien sabe, a lo mejor su iglesia se volvía la más próspera de la región. Consuelo no dijo nada, se lamentaba para sus adentros mientras sorbía el atole.

Antes de salir Matilde construyó unas escaleras empotradas en la roca de la peña. No quería partir sin mirar la imagen de su pueblo tal como lo vería la virgen. Desde ahí se veía la cueva, Apaseo el Alto y un buen trecho de la carretera Celaya-Queretaro. Antes de irse a Florida a trabajar en los naranjales, Matilde se despidió de su amante en una barraca en Celaya. La última noche de Matilde en la Cueva, consuelo la pasó sola, sobándose heridas viejas.

Un año pasó, ni un dolar llegó, de Matilde, ni rumores ni noticias. Pudo quedarse a medio camino, ahogado en el Rio Bravo, muerto en el desierto o naturalizado gringo vía matrimonio con alguna viuda rubia.

Consuelo se desesperó y al pie de la escalera que construyó su marido llamó a la virgen. Ella no apareció. Entonces, vendiendo huevos de sus gallinas y alquilando las tierras a sus primos, pudo hacerse de chile, frijoles y tortilla con las que alimento a sus hijos e hijas. Aquella prole donde unos eran indistinguibles de otros.

Los años pasaron, Matilde nunca regresó, en el lugar destinado a la capilla ahora hay una cruz de madera. Tiene focos en ella, a manera de una marquesina de teatro. Esa es la obra de Consuelo, que construyó con los ahorros que consiguió pellizcando centavitos. Aquella cruz la izó para recordar su Fe muerta y recordarse día a día, sin importar donde estuviera, que su marido estaba bien muerto.

Hoy en toda la región entre Celaya y Queretaro los descendientes de Consuelo, mi abuela, hemos matado el nombre de mi abuelo con el filo del olvido. Sabemos que con eso también mi abuelo descansa en paz, pues su alma hasta la fecha penaría masticando aquel nombre insólitamente masculino.

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